Archive for the '2.Libros' Category

Por eso es tan difícil escribir una novela

Me pide perdón por sus continuas interrupciones y yo le digo que todo en esta vida es una pura interrupción, que no se afane tanto en separar las cosas unas de otras, porque todas bullen al mismo tiempo, por mucho empeño que pongamos en evitarlo, lo banal mezclado con lo grave, lo presente con lo pasado, lo necesario con lo azaroso, y que de entender algo es sólo así como se entiende, aceptando esa misma confusión como pista valedera. Por eso es tan difícil escribir una novela.

Carmen Martín Gaite en Nubosidad Variable

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Mario Merlino, poeta, activista de la traducción

Hace menos de una semana, hablando un poco de todo y también de un libro de entrevistas, Amaia y yo recordábamos su entrevista a Mario Merlino para Consumer.es. Yo le decía: “es una entrevista muy buena” y ella respondía “él es muy bueno”.

Amaia me ha llamado ahora mismo para informarme de que Mario Merlino murió ayer. Juan Cruz escribe el obituario en El País y precisamente menciona la entrevista que hizo Amaia. Le he vuelto a decir lo mismo “es que aquella entrevista era muy buena” y ella ha vuelto a responder lo mismo “él era muy bueno”.

pd: ya me gustaría a mí que Juan Cruz citara algún día en El País cualquier cosa que hubiera hecho yo.

El oficio de escribir

Del libro “Las pequeñas virtudes”, de Natalia Ginzburg

Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho. […] Prefiero creer que nadie ha sido nunca como yo, por pequeña escritora que yo sea, aunque como escritora sea una pulga o un mosquito. Lo que sí es importante, en cambio, es tener la convicción de que es justamente un oficio, una profesión, algo que se hará toda la vida.

Historia de los libros de mi estantería (I)

Cuando voy a casa de otras personas (amigos o no) lo primero que hago, casi instintivamente, es leer los títulos de los libros que tienen en las estanterías. Siempre pienso que los libros dan una idea aproximada de cómo es esa persona.

Además de eso, detrás de cada libro hay una historia -a veces mucho más interesante que el propio libro- y ahora, mirando la primera balda de la estantería de mi salón, en la que no hace mucho coloqué sin mucho orden los libros que tenía por ahí tirados (en el baño, encima del microondas, en el suelo del salón, sobre la caja de herramientas…), he pensado que podría escribir la historia de esos libros.

En orden de izquierda a derecha:

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larson.
No lo he leído. Se lo dejó olvidado sobre una caja de revistas una amiga mía. Algún día se lo llevará, no creo que yo lo lea mientras tanto.

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Turisme a prop de Barcelona 2008.
Es una pequeña guía que me trajo mi guapa para llevarme de excursión por ahí, aunque al final no hemos ido.

Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami (en inglés).
Se lo dejó aquí mi amiga Silvia, que vive en Londres y es mitad japonesa mitad catalana; en ese momento acababa de descubrir a Murakami y estaba fascinada. Como había terminado el libro, me lo dejó a mí, aunque yo ya lo había leído tiempo atrás en castellano.

Soy una caja, de Natalia Carrero.
Este libro me llegó dentro de una caja de cartón… por correos. Fue un regalo de Patricia y Elena, con quienes me intercambio libros por vía postal de vez en cuando, como si fuera un pequeño club de lectura privado. Lo leí, me pareció interesante, pero no tanto como a ellas, y además, fue eclipsado por la lectura de “Los cuidados de Julia”.

El cantar de los cantares, de José Emilio Pacheco (poesía).
Apareció por sorpresa dentro de mi bolsa cuando compré “Los cuidados de Julia” en la librería Taifa. Los poemas no me gustan demasiado, pero es una edición muy curiosa, de visor libros en miniatura (“Edición de 300 ejemplares no venales, destinada a los amigos de la Colección Visor de Poesía, realizados con motivo de la celebración de las Navidades de 2008”). Es la segunda vez que un libro se me cuela dentro de la bolsa en esa librería.

El festín de Babette, de Isak Dinesen.

Es una edición ilustrada por Noemí Villamuza, que es una de las ilustradoras preferidas de mi guapa. El ejemplar que tengo fue un regalo de mi amiga Marta, pero ya había leído el libro antes en casa de mi guapa.

Desalojos, de Miriam Reyes (poesía).
Comprado en la librería Las Heras en Soria. En esta librería inevitablemente siempre termino comprando libros de poesía editados por Hiperión.

Mística abajo, de Andrés Neuman
(poesía).
Otro de los autores “Hiperión”, aunque en este caso está editado por El acantilado. Neuman es de los que hay que leer por lo menos una vez. Por cierta asociación de ideas, siempre me recuerda a “mi” secretario, Abel.

Mirall trencat, de Mercè Rodoreda.
Un clásico imprescindible de las letras catalanas, que he tenido la suerte de poder leer en original Impresionante. Este ejemplar en cuestión -ya lo he contado alguna otra vez-, me lo trajo directamente en mano la librera, que además luego me acompañó a una ferretería.

El amor es un juego solitario, de Esther Tusquets.
Lo compré en Vitoria, por ser el tercer libro de la trilogía iniciada con “El mismo mar de todos los veranos” que fue un libro que me impactó muchísimo en su día. Sin embargo el resto de la trilogía ya no me gustó tanto.

Sociedad y violencia en Portugalete (1550-1853), de Luis María Bernal Serna.
Este es el primer libro publicado por un amigo mío, historiador. Me lo regaló un día en Vitoria. Siempre me recuerda la historia de “la charla voladora”: los papeles en los que había preparado su primera conferencia, salieron volaron en la estación de tren y tuvo que improvisarla.

Entre visillos, de Carmen Martín Gaite.
Lo compré una tarde mágica en una librería de viejo, aunque no lo leí hasta mucho tiempo después, cuando dejé Consumer y comencé a leer de nuevo. Me gustó, pero no es mi Gaite preferida.

Continuará…

Los derechos del lector

Lo acabo de leer en un suplemento de La Vanguardia. La cita es del escritor francés Daniel Pennac:

El lector tiene derecho

1) A no leer

2) A saltarse las páginas

3) A no terminar un libro

4) A releer

5) A leer cualquier cosa

6) Al bovarismo (enfermedad de transmisión textual)

7) A leer en cualquier sitio

8 ) A hojear

9) A leer en voz alta

10) A callarse

Los cuidados de Julia

Yo siempre he querido escribir un libro de solos. Y si no era escribirlo yo, era al menos hacer una recopilación de solos y editarla como libro. Hoy he leído el libro de solos que me hubiera gustado escribir a mí. Se llama “Los cuidados de Julia” y curiosamente lo escribe una chica de mi misma ciudad (Vitoria) y que nació en el mismo año que yo, aunque no la conozco: Irantzu Landaluce. 

El libro lo descubrió mi guapa en la librería Taifa, en la calle Verdi (Barcelona). Es una de mis librerías preferidas (hablo de ella en el artículo “Liberías Mágicas“) y hacía mucho tiempo que no iba. A ella le llamó la atención entre todos los libros que había destacados en la mesa de la entrada. Está editado por Xórdica Editorial, una pequeña editorial de Zaragoza, y extrañamente estaba puesto bien a la vista, entre todos los libros de Anagrama u otras editoriales más importantes. Leímos la contraportada: “Los personajes que protagonizan y dan nombre a cada uno de los capítulos de esta novela son seres solitarios, que buscan el amor, aman y se equivocan”, y nos gustó. Luego leí en la breve biografía de la autora que había trabajado en librerías de Barcelona, y recordé que hacía un tiempo, allí mismo, en Taifa, una vez hablando con la dependienta, me dijo que ella también era de Vitoria. Pensé que aquella chica podía ser la autora del librito que me había señalado mi guapa y que quizás por eso le habían dado un lugar destacado. Me puse a leerlo (mientras tanto mi guapa había encontrado perdido en un estante la primera edición de un libro de Córtazar) y confieso que decidí comprarlo porque en la tercera página Ana y Julia se besaban. 

Hoy lo he leído sentada en el sofá, envuelta en una manta. Es un libro de 105 páginas, a letra grande, y habré tardado una hora en leerlo. Me ha emocionado y me ha tenido a punto de soltar alguna lagrimilla. Lo menos importante del libro es si Ana y Julia se besan. Julia encuentra un pájaro caído y decide cuidarlo dentro de una caja de zapatos… a partir de ahí, comienza la historia, o mejor dicho, las historias. Es un libro tan de verdad… tan triste… tan bonito… tan de solos…

Si una, además, no es ni de aquí ni de allí, como la protagonista del libro (“Cuando estoy allá mis amigas se ríen de mí. Me dicen ‘ahora hablas como los de allí’ y yo les contesto ‘No, todavía no hablo como los de allí, pero ya tampoco hablo como los de aquí’.”), o se ha perdido mil veces en una ciudad nueva porque decide olvidar el plano en casa, o imagina la vida de los vecinos al otro lado de su ventana… no puede hacer otra cosa sino enamorarse de todos los personajes de este libro.

pd: recuerdo el post de Carol Blenk, “La personalidad cuenta“, que fue con el que empecé a dar vueltas a la idea de los solos…

María Moliner

Los que me conocen saben de mi debilidad por este diccionario. Tengo pendiente algún día escribir sobre mi particular relación con él, pero si hoy escribo este post es porque acabo de descubrir una polémica que desconocía que al parecer rodea a este diccionario.

Uno de los hijos de María Moliner, Fernando Ramón Moliner, explica en esta web que el diccionario que hoy en día se puede comprar (la “segunda edición” de 1998), la que tengo yo en casa, no es en realidad el diccionario que concibió su madre, sino que la Editorial Gredos lo ha cambiado de manera grave, con el permiso de la viuda de otro de los hijos de Moliner, que era oficialmente el titular de los derechos tras un acuerdo privado con sus otros tres hermanos, y que murió prematuramente unos pocos años después de este acuerdo.

A mí la idea de una “segunda edición renovada” que era más o menos como lo presentaban los editores, ya me parecía un pelín rara, sobre todo porque estaba segura de doña María Moliner no podía incluir en su diccionario original (del año 1966) una palabra como “internet”, por ejemplo, y porque yo siempre había entendido el María Moliner como un gran esfuerzo y un reflejo de su época. El argumento de los editores viene a ser que los diccionarios evolucionan con su tiempo, y más un diccionario de uso, y el de su hijo viene a ser que los editores han cambiado sustancialmente el espíritu del diccionario de su madre, que, entre otras cosas, lo planteaba más como una agrupación de términos por ideas, en vez de una ordenación alfabética de los mismos.

Como no tengo una edición “original”, no puedo opinar mucho más, pero en cuanto pueda echaré un vistazo en la biblioteca. Sin duda, es una discusión bastante interesante. Podéis leer toda la información en www.mariamoliner.com