Palabras y cenotafios

Autor: Juan José Millás
EL PAIS – 21-08-2003

Hay gente que ha robado La náusea, de Sartre; La peste, de Camus; La isla del tesoro, de Stevenson; incluso la Crítica de la razón pura, de Kant. Pero no se sabe de nadie que haya robado el Diccionario de uso del español, de María Moliner. Son dos tomos, el primero de 1.446 páginas y de 1.585 el segundo (tapas aparte), cuyo peso hace inviable la salida del establecimiento sin llamar la atención. Durante mi adolescencia estuve varios meses planeando un asalto a la Casa del Libro, en la Gran Vía madrileña, para hacerme con esa joya lexicográfica que no podía comprar. Me pillaron porque planifiqué el robo en dos asaltos (uno por tomo) y cuando fui a por el segundo una señorita estaba esperándome agazapada detrás de una estantería. Me llevaron al despacho del director del establecimiento, que, tras mirarme de arriba abajo, dijo con pesadumbre:

-Si no supiera que eres el ladrón de uno de los dos tomos de esta obra, diría de ti que eres una persona normal.
-También María Moliner parecía normal y ya ve lo que hizo -respondí yo.
-¿Qué hizo? -preguntó el director.
-El Diccionario de uso del español.

El hombre observó el volumen que tenía sobre la mesa con el detenimiento con el que me había observado a mí y no tuvo más remedio que admitir que el ser humano es capaz de las acciones más extravagantes. No me denunció, pero se quedó con mi carné de identidad hasta que regresé a la librería con el primer tomo, al que había desvirgado con tanto mimo que parecía que nadie había puesto sus manos sobre él. En efecto, nada más llegar a casa, lo había abierto al azar y mis ojos habían caído sobre una curiosa palabra, cenotafio, de la que María Moliner decía: “Monumento funerario en el cual no está el cadáver de la persona a la que se dedica”.

Le di muchas vueltas al término y a su definición, como si estuviera obligado a significar algo especial por haber sido el primero en aparecer ante mis ojos. Y sí, significaba algo especial, ya que cada una de las palabras del idioma, si lo piensas, tiene algo de cenotafio, pues en ella no está, paradójicamente, el objeto que nombra. Yo tenía con el lenguaje un trato algo psicótico, pues, aunque sabía racionalmente que la relación entre la palabra y lo que ésta nombra es arbitraria, emocionalmente tendía a confundir el objeto con su signo. Esto me acarreó en la infancia algunas dificultades escolares, pues no lograba comprender por qué al decir “vaca” veía en mi cabeza una vaca y al decir “va” no veía media vaca. Mi profesor de lengua perdía los nervios con esta clase de cuestiones, por lo que finalmente hice como que entendía todo y no volví a manifestar mis perplejidades idiomáticas (crecer consiste en hacer como que entiendes). Ya de mayor, al proveerme de algunos rudimentos lingüísticos, lo entendí, pero sólo con el lado racional. Con el irracional continúo sin entenderlo, excepto cuando pronuncio la palabra “cenotafio”. Claro, me digo entonces, la palabra es un monumento en el cual no está el objeto al que se dedica.

El caso es que devolví el primer tomo robado (A-G) y me puse a ahorrar. No sé si estuve ahorrando un año o dos, pero, cuando reuní el dinero necesario, volví a la Casa del Libro y salí de allí con un tomo en cada mano. Llegué a casa con ellos y tropecé en el pasillo con mi madre, que me preguntó dónde pensaba meter aquellos artefactos. Le dije que debajo de la cama, y le pareció bien. Una vez instalado en mi cuarto, cogí el segundo tomo y, con un temor religioso, hice lo mismo que con el primero: lo abrí al azar y dejé que una palabra me saltara a los ojos. Fue “níspero”, que se encontraba en la parte inferior derecha de la página impar, sobre “níspola” y “nispolero”. Me quedé desconcertado. No podía entender qué tenían que ver los nísperos con mi destino. Leí atentamente el artículo, esperando encontrar una clave secreta. Decía que se trataba de un fruto oval, de 4 a 5 centímetros de largo, de piel lampiña y color amarillo rosado.
Al día siguiente, por casualidad, había nísperos de postre. Cogí uno con aprensión, pues sus dos grandes huesos negros siempre me habían parecido dos ataúdes gemelos. Entonces, mi padre sentenció:

-El que nísperos come y bebe cerveza y espárragos chupa y besa a una vieja, ni come ni bebe ni chupa ni besa.

Ya le había escuchado decir otras veces esa tontería, pero en ese momento me pareció un pronóstico de mi destino. Me sentí mal y tuve que levantarme de la mesa. Fui a mi habitación y saqué los dos tomos del María Moliner de debajo de la cama. Al primero lo llamé María y al segundo Moliner. Todavía los llamo así. Mientras leía definiciones al azar, pensaba en mi madre, que era una mujer normal, como María Moliner, a la que, sin embargo, no se le había ocurrido perpetrar un diccionario. Investigando aquí y allá, supe que María Moliner había nacido en 1900, pero había nacido tanta gente ese año que no logré encontrarle ningún significado. Luego supe que había estudiado Filosofía y Letras y que había ingresado por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Se casó con un catedrático de Física y tuvo cuatro hijos. Nada extraño.

Lo más sorprendente es que no comenzó a levantar su diccionario (“el más completo, más útil, más acucioso, y más divertido de la lengua castellana”, según García Márquez) hasta los 51 años, cuando sus hijos eran mayores. Se levantaba a las cinco de la madrugada y escribía en fichas que confeccionaba ella misma, dividiendo una cuartilla en cuatro partes. Terminó en 15 o 16 años un trabajo que a cualquier persona normal, incluso anormal, le habría llevado siete vidas.

Como no encontré en la existencia de María Moliner nada que presagiara que un día se levantaría y se pondría a hacer la locura del Diccionario de uso, estuve mucho tiempo buscando entre sus páginas una autobiografía secreta. Buscaba claves donde quizá sólo había precisiones lingüísticas. Por ejemplo, en la Presentación del libro se queja de que el DRAE incluya “arremolinadamente”, que no se usa, y no incluya, en cambio, “arremolinamiento”. Creí que la proximidad fonética entre estos términos y su apellido podría significar algo que no logré descifrar. La idea de que el María Moliner esconde una autobiografía secreta, capaz de explicar cómo pudo esta mujer “normal” escribir el Diccionario de uso de español sin ayuda de los extraterrestres, no me ha abandonado desde entonces. Estuve a punto de escribir un cuento, quizá una novela corta, con este argumento, pero desistí por egoísmo: después de todo, si se trataba de un don gratuito, a lo mejor yo mismo me levantaba un día y me salía La Regenta, o Madame
Bovary, o Guerra y paz.

Estos días he vuelto a leer la Presentación de María Moliner a su obra y he reparado en el párrafo último, al que quizá en las lecturas anteriores no había prestado suficiente atención. Dice así: “Por fin, he aquí una confesión: La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en los detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido”.

Se trata de un párrafo prodigioso, que respira un modo de relación con el mundo que ya nadie practica. El Diccionario de uso del español es la consecuencia lógica de ese trato con la realidad. No obstante, yo sigo acariciando la idea de que todo se debiera a una casualidad inexplicable o a la ayuda de los extraterrestres. De hecho, si tuviera que definir a María Moliner, escribiría: “Dícese de la persona normal que de súbito, cuando nadie lo espera, escribe un diccionario”.

Una joya de la lexicografía

María Moliner, lexicógrafa española, nació en Paniza, Zaragoza, el 30 de marzo de 1900. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza y cursó la licenciatura de Filosofía y Letras. En 1922 ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, donde trabajó hasta 1970, cuando se jubiló. En 1952 comienza la redacción del Diccionario del uso del español, que se publicará en dos tomos en 1966. Desde ese momento trabaja en su actualización, que no llegó a completar. Falleció en Madrid el 22 de enero de 1981.

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