Archivos para la Categoría '5.Retazos personales y otros exhibicionismos'

Corea del Sur

El sábado tenía dos llamadas perdidas en mi móvil de un número raro que, por el prefijo (gracias Google) parece ser de Corea del Sur. Si fuera así, sólo podría haberme llamado una persona.  Me ha gustado imaginar que alguien a quien conocí en un lugar muy distinto, me recordaba todavía desde un país tan lejano. Me puse a ver fotos antiguas y pensé “tengo que decirle que ahora llevo falda”.

(Si lees esto, mándame un mail, aunque las llamadas hayan sido una rara coincidencia y el prefijo no sea de Corea del Sur).

Editora ama de casa

Mientras ejerzo de editora en casa, a la búsqueda de nuevos talentos por internet, saltando de link en link, añadiendo favoritos y etiquetas de “leer más tarde”, revisando mails… también ejerzo de ama de casa, pongo lavadoras, podo las plantas de la terraza, frego los cacharros de la noche anterior, doblo yo sola sábanas dobles…

Entre mail y mail, me da tiempo incluso a sumergir una toalla blanca en agua con lejía, para intentar quitar unas manchas impertérritas. Froto y froto y no hay forma. El agua con lejía huele a piscina, a cuando aprendíamos a nadar agarrándonos a tablas flotadoras de color azul y blanco. Entonces todo eran pequeños logros: mantenerse a flote, avanzar un par de metros, de espalda, estilo crol, llegar por fin nosotros solos al otro lado de la piscina, comenzar a hacer largos uno tras otro, uno tras otro… Aprender a nadar era importante. Nunca se sabía si algún día nos caeríamos de un barco o si una ola se nos llevaría en la playa o una corriente en el pantano. Éramos de interior, los viajes a la playa eran eso, auténticos viajes, aunque no estuviera a más de hora y media en coche, la distancia psicológica era abismal. Además, en la playa siempre llovía. Deba, San Sebastián, Zarautz… en mi memoria de entonces siempre estaban teñidos de un leve txirimiri, fuera la época del año que fuera. Las excursiones de los fines de semana eran al pantano, al río para asar pimientos o a las piscinas descubiertas de Gamarra. Saber nadar nos mantenía a salvo.

No me he puesto guantes, las manos se me han quedado un poco tirantes y su olor me recuerda al de las de mi madre cuando nos lavaba las cosas a mano. Ayer las manos me olían a limón y me recordaban a Lisboa. Esta mañana, desayunando en la hamaca un batido de chocolate, pensaba en Nicaragua. Ninguno de estos lugares existía cuando aprendía a nadar. Cada paso sigue siendo todavía un pequeño logro.

Teoría de los practicantes y los escritores

Teoría de mi madre, en conversación telefónica:

“Claro, a la gente que se dedica a esto de las revistas, los libros y los papeles les parece que todo lo que hacen está muy bien y que cuesta mucho hacerlo y por eso quieren luego sacarlo por todas partes y que lo lean todos, pero también al que pone inyecciones le debe de parecer que sus inyecciones son muy buenas y no por eso las va poniendo por ahí a todo el mundo”.

Le dije a mi madre que si me decía frases tan buenas no tendría más remedio que escribir sobre ellas. Le horrorizó la idea, tanto como una inyección mal puesta.

* En mi casa, de toda la vida, ha habido médicos, enfermeras y practicantes. El practicante en concreto sólo ponía inyecciones y venía a casa para eso. He pensado que hace mil años que no utilizo esta palabra. Por si acaso la he buscado en el diccionario y ahí está:  Persona que en los hospitales hace las curas o administra a los enfermos las medicinas ordenadas por el facultativo de visita”

De mar a mar

Nuevo Tamaño Nuria, publicado en la Bitacora Todas:

http://www.entretodas.net/2009/07/11/de-mar-a-mar/

Viajes por la memoria

Resulta que hace poco se me ocurrió presentarme a un concurso de relatos de viajes y he terminado siendo finalista, por lo que mi relato se publicará en un libro (yo lo que quería de verdad era ganar el tercer premio, que eran unas botas de monte y una mochila Panama Jack). La organizadora del asunto me preguntó por mail si yo era una viajera y si me interesaba colaborar en el portal Mujeres Viajeras. Le contesté que no, que yo sólo era periodista. El caso es que con todo esto me he puesto a pensar en mis viajes anteriores, en las personas que encontré en ellos. Incluso he revisado ciertos posts que en su día borré de uno de mis blogs (aunque guardé en el disco duro). Me he encontrado una historia que parece que no haya vivido yo, que sea una película. El último de esos posts decía: “Pero no debo ceder a la nostalgia de una memoria que a veces pienso que me estoy inventado”.

Y el primero de ellos escrito a mi vuelta a Barcelona terminaba así: “Quiero mi vida aquí y ahora. No quiero volver a cruzar océanos.” Sólo ahora, con mi guapa, puedo cumplirlo: Mi vida aquí y ahora.

Viajes solidarios

A través del portal Mujeres Viajeras (del que hablaré en otro post más adelante) he conocido una curiosa agencia de viajes solidarios: Riki Tiki Tavi. La idea es la misma que la del Comercio Justo: Turismo Justo y Responsable, en el que cada una de las personas que nos reciben en el país de destino cobran un salario digno y no son explotados y en el que además podemos conocer la cultura de ese país de la mano de sus habitantes, e incluso podemos involucrarnos en algún proyecto como voluntarios. Como dicen en la web de Riki Tiki Tavi, un viaje solidario no es más barato, ni más caro, que otro tipo de viaje, pero es un viaje en el que además de que se beneficie el turista y una empresa, se benefician las personas de los lugares a los que vamos. A mí la idea me parece fantástica y ojalá todo el mundo viajara de esta manera. He visto, además, que tienen un ruta por Nicaragua que os copio aquí, para ir abriendo boca ahora que se acercan las vacaciones:

En este viaje se incluyen dos proyectos de turismo comunitario y uno, directamente solidario. Los dos primeros son cooperativas de agricultores que se han unido para poder cultivar sus tierras y sacar el beneficio mediante cooperativas, y nos invitan a enseñarnos su cocina, sus costumbres y su alegre y tranquila forma de vida. El tercero es una pequeña fundación que se encuentra en Matagalpa y se ocupa de dar de comer a los niños que no pueden pagar una vez al día. También proporcionan asistencia médica en la medida de lo posible. Nos quedaremos a comer un día con ellos. Nuestra reserva contiene el pago de unas cinco comidas para los niños. Es un centro alegre en dónde nos recibirán no sólo con los brazos abiertos, sino también con algún pelotazo del más travieso….

Durante la ruta vamos a caminar por los cafetales, por los caminos que se utilizaban entre los pueblos para llevar el café, vamos a tener la oportunidad de ir al volcán de cerro negro y de montar a caballo en una finca. Visitaremos fuentes de lodo caliente del volcán, nos quedaremos con las familias de la cooperativa de San Ramón, visitaremos la ciudad de Granada, el lago Cocibolca en barco, mercados de artesania, incluso podremos tomar parte de un cursillo de bailes regionales con las personas de allá…

Yo he estado dos veces en Nicaragua y lo cierto es que los paisajes son espectaculares y las personas de allí también siempre me han tratado muy bien. Lo que peor llevaba era el calor y la humedad del 90%, pero al final te terminas acostumbrando. Granada es una ciudad preciosa, llena de talleres artísticos y mucha actividad cultural. Es como un paraíso en mitad del país, junto a un lago tan grande como el País Vasco entero y con unos volcanes de paisaje de fondo increíbles. En fin, que os lo recomiendo, sin duda.

Las peluquerías y yo

Siempre había querido escribir un post explicando mi relación con las peluquerías y ese lenguaje tan extraño de las peluqueras que nunca entiendo, pero la genial Anticolometa se me ha adelantado y la verdad es que no puedo añadir nada más: Recomiendo leer su post “¿Ir a la peluquería es un deporte de riesgo?”

La casa de Carmen Martín Gaite, El Boalo

 Elenita me acaba de enviar las fotos que sacó el día en el que nos encontramos a Ana Martín Gaite en el autobús y nos invitó a enseñarnos su casa. De dentro no sacamos ninguna foto, estas son de la finca a la que pertenece la casa, y la última soy yo con la hermana de la Gaite. Están hechas con el móvil, así que no tienen demasiada calidad…

Árboles de la finca. Ana se disculpaba todo el rato porque habiamos llegado justo después de que los podaran, y no los veiamos en su máximo explendor

Árboles de la finca. Ana se disculpaba todo el rato porque habíamos llegado justo después de que los podaran, y no los veíamos en su máximo explendor

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Parte trasera de la casa de Carmen Martín Gaite en El Boalo, Madrid

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Dólmenes y menhires que la Gaite colocaba a su gusto frente a su casa

 

 

Más paisaje alucinante junto a la casa de Carmen Martin Gaite

Más paisaje alucinante junto a la casa de Carmen Martín Gaite

 

 

Ana Martin Gaite y la editora con carrito, diciéndonos "lo raro es vivir"

Ana Martín Gaite y la editora con carrito, diciéndonos, "lo raro es vivir"

Post matutino incompleto

Afuera hace mucho viento. Los áticos a veces parecen barcos azotados por la marea. Ahora todas las mañanas me levanto, me ducho, me visto y me tomo un té. En este orden. No siempre fue así. Antes me levantaba, me conectaba al ordenador, me ponía a trabajar, me tomaba un té, paraba un poco, me duchaba, me ponía otro pijama, picaba de una bolsa de patatas, seguía trabajando, ponía una lavadora, atendía más tareas, colgaba la ropa, comía un sandwich delante del ordenador… Ahora mientras tomo el te por las mañanas miro por la ventana. Mi terraza se asemeja a los restos de un naufragio: la lona que protege los muebles quizás salga volando un día de estos, la barbacoa no siempre se mantiene en pie y las macetas con mis intentos de cultivar flores siempre acaban en el suelo. 

Si sigo escribiendo perderé el tren. Ir a una oficina todos los días quizás sea lo más raro que he hecho hasta ahora. Me gusta más de lo que pensaba, sin embargo. Separar trabajo y vida. Marcar fronteras claras, aunque suponga llevar las vidas paralelas de las que hablaba antes. Estos pequeños momentos por la mañana, la obligación de salir de casa y aparcar la colección de pijamas. Los mensajes de buenos días y el tratrikiteo del tren.

Libro comodín

Mi guapa y yo solemos hablar a última hora del día por teléfono para darnos las buenas noches. A veces ella me llama cuando ya está metidita en la cama, a punto de dormirse o casi dormida ya. Es entonces cuando tiene ideas tan particulares como la del “libro comodín”, que según ella, palabras textuales, es “un libro que está en blanco pero que no lo está y que estiras la mano y se ponen las palabras en su sitio”. Como estas frases me las dice cuando ya está casi dormida, apuesto a que no se acuerda de ellas. Sin embargo a mí la idea de libro comodín me parece genial, debería haber libros comodines para cada ocasión, para que nunca nos quedemos sin un libro que nos haga compañía al alcance de la mano y que tenga en su sitio justo las palabras que necesitamos.

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